En su difusa blancura, el mismo Trutwell parecía algo artificial, como una figura de cera construida con todo esmero y dotada de sonido.Su tono era al mismo tiempo perentorio e inseguro. Era el tono de una mujer hermosa que se había casado por dinero y nivel social, y que nunca lograba olvidar cuán fácilmente podía perder ambas cosas.Frunció el entrecejo. Detrás de su hermosa máscara se escondía una niña malcriada, pensé, como un farsante acurrucado detrás de la estatua de un dios.También poseía una cualidad que me molestaba: cierta duda y confusión en sus ojos, como si hubiera perdido su camino hacía mucho tiempo.Tenía una manera de querer ser servicial que había notado antes en las hijas de los hombres viudos.
(en la foto: Paul Newman como Lew Archer en Harper)
Ross MacDonald es muy cuidadoso cuidadoso en su escritura. Eso puede ser peligroso en una novela negra porquue puede distraer. Si se está pendiente de capturar y asimilar todas sus imágenes, uno puede perderse en sus laberínticas tramas.
Sus "como..." son tremendamente expresivos y eficaces, hacen que uno se represente sin confusión lo que se quiere señalar. Algunos ejemplos tomados de La mirada del adiós:
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Javier Cercas Rueda
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Malet (Montpellier, 1909-1996) es considerado como una figura clave del polar (novela criminalística) francés. En 1942, en esta novela que ahora recupera Libros del Asteroide, creó la figura del detective Nestor Burma, protagonista de más de treinta novelas, entre ellas el ciclo Los nuevos misterios de Paris (alusión a Sue) iniciado en 1954.Burma acaba de salir de un stalag alemán y vuelve al Paris ocupado por los nazis. A su paso por Lyon, un antiguo colaborador le susurra el nombre de una calle antes de ser asesinado. Burma reactiva sus viejas habilidades y desentraña un complicado enredo de herencias, corrupción y crimen.
Malet en realidad está más cerca en este libro de la novela de enigma que del negro policial, salvo quizás por algunos rasgos de la personalidad de Burma. El detective se deja guiar por su ingenio y estrella (lo que viene muy bien de paso a Malet para que la historia avance) para ver mucho más que los demás. Al final, como Poirot, reúne a todos en una sala y desenmascara al culpable. Burma se muestra siempre superior a su entorno (sobre todo a la policía) pero no se hace odioso porque Malet contrapesa su egocentrismo con una simpática humanidad a la que no faltan limitaciones poco airosas. Siempre está en la típica posición media del detective, entre los criminales y los policías, con fines y medios no siempre ortodoxos.
Una buena lectura de entretenimiento, con toques de humor y refinamiento, sin truculencias y llena de suspense. Libros del Asteroide piensa seguir con los libros de Malet y ya anuncia Niebla en el puente de Tolbiac, el más famoso.
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A buenas horas, mangas verdes
Durante el mandato de los Reyes Católicos se crearon los Cuerpos de la Santa Hermandad, tras su aprobación en las Cortes de Madrigal, en 1476. El cuerpo fue constituido para prestar auxilio en cualquier tipo de emergencias. Sus miembros vestían un uniforme con coleto -vestidura de piel que cubre el cuerpo hasta la cintura- y bocamangas de color verde. Relatan los cronistas de los siglos XVI y XVII que este cuerpo se ganó a pulso la fama de impuntualidad.
Generalmente, cuando llegaban al lugar requerido para prestar el auxilio ya se habían cometido los desmanes y siniestros. Y a veces tardaban tanto que los vecinos del pueblo habían resuelto el problema. De ahí que cuando se personaban en el lugar de los hechos, la gente les reprochaba diciendo: ¡A buenas horas, mangas verdes! La frase ha quedado para expresar en sentido peyorativo la demora y llegada tardía de un auxilio, así como para significar que los méritos no llegan en el momento oportuno.
Generalmente, cuando llegaban al lugar requerido para prestar el auxilio ya se habían cometido los desmanes y siniestros. Y a veces tardaban tanto que los vecinos del pueblo habían resuelto el problema. De ahí que cuando se personaban en el lugar de los hechos, la gente les reprochaba diciendo: ¡A buenas horas, mangas verdes! La frase ha quedado para expresar en sentido peyorativo la demora y llegada tardía de un auxilio, así como para significar que los méritos no llegan en el momento oportuno.
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De Ross McDonald leí El martillo azul (su última novela de Archer) en la colección barata que sacó El País hace unos años. No recuerdo nada de ese libro. No me llamó la atención.
Afortunadamente, la intuición de que era yo el que estaba en el error me ha hecho leerle de nuevo, gracias a que RBA ha reeditado en su Serie Negra La mirada del adiós, y a que estaba en la Biblioteca pública.
Es Chandler total, incluso de trama más compleja aún. La he leído un poco rápido y a veces me he sentido algo perdido. Archer es listo y sabe qué información debe dar a cada interlocutor, no siempre la misma ni toda, pues de algunos sospecha (a veces) y otros son sus patrones (a veces). Está la ley pero también su modo de entender la justicia.
Los diálogos son bastante buenos. No se enfrenta a criminales sino a gente acomodada que ha tenido deslices en el pasado.
Imperdonable desde luego que ni lo haya citado en el artículo de novela negra que les dejé.
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Poner la mano en el fuego
La procedencia de este dicho, que se utiliza para manifestar el respaldo total a alguien o algo, se remonta a la época en la que se practicaba el llamado juicio de Dios. También conocida como Ordalía, ésta era una institución jurídica que dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona o una cosa -un libro, una obra de arte- acusadas de quebrantar las normas establecidas o cometer un pecado. Esta costumbre pagana, que fue común entre los germanos y otros pueblos antiguos, se ejecutaba de formas muy diversas. No obstante, casi todas consistían en pruebas de fuego. Ante el tribunal, el acusado debía sujetar hierros candentes o introducir las manos en la lumbre o en una hoguera. Si la persona salía de la prueba indemne o con pocas quemaduras significaba que Dios la consideraba inocente y, por tanto, no tenía que recibir ningún castigo.
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Cuatro sugerencias de la Revista 2/2010, nº 242pág. 9. La noche de los tiempos, Muñoz Molina. No la he leído.
pág. 20. La carretera, McCarthy.
pág. 23. Cuatro hermanas, Carleton. LO QUE HE PEDIDO.
pág. 33. La voz, Indridason. No la he leído (aún).
(Si miran las entradas anteriores etiquetadas como Círculo de lectores, verán más títulos que siguen apareciendo en esta revista).
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Una agradable sorpresa, a la que he llegado por la recomendación de un lector del blog. Gracias.
Dueñas (Ciudad Real, 1964), profesora universitaria, acierta a la primera con la fórmula del éxito literario, una buena historia y saber contarla. Y lo sostiene durante largas páginas, con un buen número de personajes y ambientes y un arco cronológico amplio. Ha conseguido lo principal, el respaldo de los lectores, el run-run boca a oreja, al margen tantas veces del mundo de la crítica y del académico.
Sira Quiroga, modista, dejará Madrid antes de guerra civil española, tras conocer por fin a su padre, será abandonada por su novio, vivirá en Tetuán la contienda española, conocerá al gran mundo político y militar y terminará trabajando para unos servicios de inteligencia. La novela gustará a los que busquen emociones (romances, amistades, relaciones de familia), trasfondo histórico (Franco y sus hombres fuertes, los nazis en España, el protectorado español), intriga (es también una buena historia de espías), costumbrismo, exotismo colonial, moda y glamour. Sira cuenta todo en primera persona desde su vejez. Con gran realismo y simpatía va desgranado los hechos que la van haciendo crecer como persona. Sus cualidades humanas y su belleza la ponen en unas circunstancias muy lejanas a su condición inicial pero verosímiles y coherentes. Todo ha sido bien calculado por Dueñas, arquitecto de un gran edificio bien ensamblado, aunque también, por ponerle un pero, un pelín largo.
Dueñas está impregnada de la tradición novelesca del XIX, y se ve en todas partes: buena y larga trama, aventuras, intensos encuentros entre los personajes, revelaciones, conspiración y grandes pasiones, buen ritmo y quiebros constantes. También es una novela sobre la lealtad, el valor del sacrificio y del trabajo y sobre el amor, la superación personal y la importancia de aprender de los propios errores. Un interesante debut.
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La ocasión la pintan calva
Los romanos adoraban a una diosa llamada Ocasión, a la que representaban como una mujer bellísima puesta de puntillas sobre una rueda y con alas en los pies o en la espalda, para indicar que las cosas buenas pasan rápidamente. Ocasión llevaba la parte delantera de la cabeza cubierta por una hermosa cabellera, pero estaba totalmente calva por detrás. De este modo, se daba a entender que una vez que ha pasado la ocasión es del todo imposible recuperarla o asirla, y que, por consiguiente, no se debe dudar un instante en aprovechar una oportunidad o coyuntura.
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John Connolly (Dublín, 1968), creador del detective Charlie Parker, cuya última aventura en España lleva el título de Los amantes (Tusquets) ofrece este análisis:
“La novela de misterio, incluso la más mediocre, tiende a tener un argumento bastante decente, y personajes que atrapan. ése es uno de los motivos por el que los lectores vuelven, la continuidad de personajes. (...) Su muy clásica estructura -una búsqueda de sentido- es naturalmente atractiva para la mayoría de nosotros como seres humanos. Además, es capaz de un alto grado de crítica social sutil”.
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Sambenito
Popularmente, este vocablo se asocia a la frase proverbial "echarle a uno el sambenito", que se emplea cuando queremos difamar o desacreditar a alguien. El sambenito era la insignia de la Inquisición que se ponía sobre el pecho y espalda del penitente reconciliado, a modo de capotillo amarillo con una cruz roja en forma de aspa. Este vocablo proviene de saco bendito, que era a su vez una costumbre primitiva de la iglesia católica. Los que hacían penitencias públicas se vestían de unos sacos o cilicios bendecidos por un obispo o sacerdote. Con estos atuendos, los penitentes se colocaban en las puertas de las iglesias hasta que eran perdonados por sus culpas y admitidos por los demás fieles.
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